En el apartado anterior, hemos visto la evolución de Madrid durante la Edad Media y el Renacimiento, comprobando como Madrid, cada vez más, va protagonizando los acontecimientos históricos y como poco a poco va aumentando su importancia.
Se suceden las Reuniones de Cortes cada vez más frecuentes, desde que en 1301 se celebrasen las primeras, propiciadas por Enrique IV quien concedió a la Villa el título de «MUY NOBLE Y MUY LEAL» y dando facilidades a los monjes Jerónimos para que se instalasen en el camino del Pardo fundando el Monasterio de San Jerónimo de El Paso.
Los Reyes Católicos siguieron aumentando la importancia de Madrid con sus frecuentes visitas,con las celebraciones de Cortes y la fundación de conventos y hospitales.
Durante su reinado los Jerónimos se trasladaron al Prado de Atocha, y ya, en ese emplazamiento que es el actual, se reunieron las Cortes para tomar juramento al rey Fernando, viudo de Isabel, como regente en 1509.
Carlos I convocó en Madrid las Cortes del Reino, primero en 1528, en la iglesia de San Jerónimo, para la jura de su hijo Felipe como príncipe de Asturias, y después en 1534.
También favoreció a esta villa con notables privilegios y distinciones, eximiéndola de algunos impuestos y concediéndo nuevas franquicias y mercados.
Accediendo a la petición de sus procuradores de colocar una corona real sobre el escudo de sus armas, el emperador, concedió a Madrid el título de "VILLA IMPERIAL Y CORONADA".
Carlos, contribuyó también a su engrandecimiento material emprendiendo la suntuosa reedificación del Alcázar, convertido ya por él, en palacio Real.
En los primeros años de la dinastía de los Austrias, la corte española seguía siendo itinerante, ya que después de la unificación de España por los reyes Católicos, el país exigía la vigilancia y supervisión personal del monarca, por lo que la corte sufría constantes desplazamientos.
Aunque principalmente residía entre Toledo y Valladolid, también fueron frecuentes los traslados a otras ciudades como Granada o Zaragoza.
En estas ciudades que temporalmente albergaban a la Corte, se celebraban grandes y brillantes fiestas, propias del boato y magnificencia que rodeaban a la corte borgoñona.
Estas fiestas, serán el antecedente de las que luego caracterizaron posteriormente el reinado de los Austrias en el siglo XVII, cuyo escenario principal será Madrid.
Al margen de la corte, el emperador Carlos pasó largas temporadas en Madrid, y esto influyó sin duda en el crecimiento de la importancia de la ciudad. Muy aficionado a la caza, Madrid ofrecía un lugar ideal para practicar esta afición, ya que estaba rodeado de grandes y abundantes bosques.
Por su iniciativa se llevarían a cabo importantes reformas urbanas: Ordenó el ensanchamiento de una de las puertas de la antigua muralla, la Puerta de Guadalajara, en la calle mayor, para que pudieran pasar sin problemas los numerosos carruajes que acudían con su mercancía al mercado que se celebraba en la Plaza del Arrabal, la que más tarde sería la Plaza Mayor.
Siguiendo la tradición borgoñona de que el heredero de la Corona debía tener una pequeña Corte en lugar diferente al del rey, el emperador decide dar casa propia a su hijo, el futuro Felipe II, y elige como residencia del príncipe, el Alcázar de Madrid.
Para tal fin, se harán importantes reformas, comprándose terrenos limítrofes con el palacio. Esta decisión del emperador será un paso decisivo hacia la elección de la Villa como residencia permanente de la Corte.
En esta primera mitad del siglo XVI, se construyen en Madrid algunos palacios de cierta importancia, como el de Don Alonso Gutiérrez, tesorero del emperador, en el que vivió la emperatriz Isabel, hija de Carlos I y que más tarde, en 1557, se convertiría en monasterio de las Descalzas Reales, y el de Don Benito Jiménez de Cisneros, sobrino del famoso cardenal, por lo que fue conocido como Casa de Cisneros.
Se pueden mencionar también en esta época, la fundación de los hospitales e iglesias del Buen Suceso, San Juan de Dios, la casa de Misericordia y otros.
La suntuosa capilla llamada del obispo don Gutierre de Vargas, contigua a San Andrés, la del convento Real de Atocha, la parroquia de San Ginés, y otras varias iglesias y casas religiosas.
Comenzó en esos años a poblarse el dilatado campo que se extendía desde la Puerta del Sol, hasta el convento de San Jerónimo en el Prado.
Sin embargo, hasta este tiempo, Madrid, no había, progresado materialmente al compás de la importancia que ya le daban su carácter de corte casi constante de Castilla.
Pues, según el historiador Fernández de Oviedo, la población de esta villa en los principios del siglo XVI no pasaba de tres mil vecinos, si bien crecía o se aumentaba rápidamente, como lo expresa el mismo escritor en estos términos:
Efectivamente, consta ya que algunos años después de la época en que escribía Oviedo, y aun antes que el monarca Felipe II determinase fijar en Madrid su corte, tenía ya esta villa una población de venticinco a treinta mil almas, y un caserío de más de dos mil quinientos edificios.
Este progreso, venía produciéndose durante todo el siglo XV, por la especial predilección que había merecido Madrid a los monarcas anteriores
Especial mención se debe a Juan II y Enrique IV, que residieron, casi constantemente en Madrid.
A la católica reina Isabel, y últimamente al poderoso emperador Carlos. Pero con todo, no era todavía nada comparativamente con el que se produjo al ser escogida por su hijo y sucesor Felipe II para corte y capital de la monarquía.
FELIPE II
El momento que marca el inicio del esplendor de Madrid es, sin duda, el asentamiento de la Corte en mayo de 1561 por orden de Felipe II, por lo que la corte deja de ser itinerante.
Este hecho se debió a una serie de acontecimientos, entre ellos, el desarrollo del sistema de gobierno. Los funcionarios, archivos y correspondencia llegaron a ser tan numerosos que surgió la necesidad de una capital estable, donde pudiera centralizarse todo el aparato burocrático.
El rey no gobernaba solo, sino con la colaboración de unos consejos especializados en Hacienda, Inquisición, Indias, etc.
Cada consejo estaba compuesto por unas diez o quince personas, en su mayoría letrados. Estos consejos examinaban los problemas que eran importantes. Entre el soberano y los consejos, el enlace se hacía por medio de los secretarios, que acaban ejerciendo un papel de primer plano en la vida política.
Más tarde, en el siglo XVII, con los Austrias llamados «menores», surge la figura del «valido», especie de primer ministro que concentraba en sus manos las riendas del gobierno.
Mucho se ha especulado sobre los motivos que indujeran al monarca a abandonar la imperial Toledo, y establecer la sede de su monarquía en una pequeña villa como era la de Madrid.
Entre las posibles razones que pudieron pesar en el ánimo del rey figura la situación geográfica ya que al estar situada en el centro de la península ofrecía mejores comunicaciones con todos los puntos del reino.
Siendo un centro importante de comunicaciones, donde se concentraban casi la cuarta parte de la red de caminos de España.
Otra de las razones pudo ser la proximidad con El Escorial, lo que facilitaba al monarca los continuos desplazamientos para supervisar las obras del monasterio. Así lo expone Elliot:
«Los principios de armonía matemática presentes en la arquitectura del Escorial fueron aplicados también a la elección de un capital. En 1561 la Corte Española, que siempre se había desplazado de ciudad, se trasladó de Toledo a Madrid. Parece ser que en aquella época el traslado no se consideraba definitivo, pero Madrid estaba convenientemente cerca del palacio del .Escorial y fue gradualmente reconocida como capital del reino. El único derecho de la ciudad a este alto honor residía en su situación geográfica de centro matemático de España, y esto hacía en cierto modo inevitable su elección.
La existencia del Alcázar pudo ser también un factor importante en la decisión de situar aquí la Corte. El palacio, después de las reformas realizadas por deseo del emperador Carlos, resultaba más grande y suntuoso que los de Toledo, Segovia o Sevilla, y más apropiado incluso para albergar al monarca.
Los rigores climáticos de Toledo, varias enfermedades que tuvo la reina Isabel desde su llegada a aquella ciudad, la abundancia de agua de Madrid, su aire saludable, la rica caza de sus cotos, son motivos que diferentes autores han ido aduciendo a lo largo de los años.
Algunos historiadores aluden también como causa del traslado al hecho de ser Toledo una ciudad poco grata al rey y a su esposa, Isabel de Valois, ya que al ser Sede Primada de Las Españas en ella «la población giraba mucho más alrededor de la Mitra que de la Corona», hecho que motivó algunos roces entre Felipe II y el cardenal primado.
Sin embargo, no puede asegurarse a ciencia cierta, pues no existe ningún documento que informe sobre esta decisión real.
No cabe duda de que Felipe II, es la figura más discutida de la historia de España. Su persona, su política, su grandeza, sus virtudes y sus defectos, se han puesto en entredicho una y mil veces.
Estudios monográficos de su persona y de su reinado han servido a unos para ensalzar desmesuradamente su grandeza y a otros para vituperarla.
Se ha criticado su absolutismo, el afán personal de supervisarlo todo, cuando los reinados siguientes han caído en el vicio opuesto.
No es el reinado de Felipe II el que se preste a la deducción clarividente de los hechos. Si no por el contrario, andan por medio las suposiciones, las leyendas y no pocas veces la ausencia de documentación.
Su religiosidad, bien o mal entendida, ha sido igualmente el caballo de batalla, tan censurado por los de fuera, como alabado por los de dentro.
De cualquier forma, los madrileños debemos a Felipe II, que Madrid sea la Capital de España.
Pero, Madrid, era en 1561 una ciudad pequeña, carente de la infraestructura necesaria para albergar a Corte, con toda la cantidad de funcionarios que rodeaban al soberano, entre magistrados, secretarios, consejeros, criados, nobles, etc. Según cita Alvar Ezquerra:
«...había más de ciento cuarenta cargos (que no personas) atendiendo sólo y exclusivamente a la Casa Real. Cada uno de estos cargos recaía en varias personas, lo que hace que a principios del siglo XVII haya aproximadamente mil doscientas veinte personas pendientes de la figura del rey (como hombre y no como gobernante). Estarían después los políticos y burócratas que componen la organización administrativa: Chancillería, Consejos, Audiencias, Tribunales, etc..»
Además de toda esta masa de funcionarios, acudía a la Corte la nobleza que gustaba de vivir cerca del monarca, pues cerca del poder real, podían obtener privilegios y prebendas.
Pero acudían también en gran proporción gentes de toda condición social, muchos sin acomodo ni hacienda, que venían a la Corte seducidos por el esplendor de ésta y por el refinamiento de sus formas de vida. Así nos lo indica Braudel:
«A lo largo de las rutas que confluyen a Madrid circulan una incesante procesión de pobres; funcionarios sin empleo, capitanes sin soldados, gentes humildes en busca de trabajo caminando detrás de un borrico sin carga y que se mueren de hambre, esperando en la Villa y Corte que se decida acerca de su situación.»
Madrid, comienza a extenderse como mancha de aceite. Se explica esta dilatación de Madrid por la picaresca madrileña.
Al asentar Felipe II la corte en Madrid, que todavía seguía siendo prácticamente una villa medieval, sin grandes edificios, obligo a los madrileños a alojar en sus casas a los miembros de la Corte, a través de lo que se llamaba "regalía de aposento".
Esta era una órden regia que obligaba a los propietarios de casas de más de un piso a ceder las demás plantas, de forma gratuita, a dichos miembros de la Corte para solucionar así el problema del alojamiento de funcionarios, cortesanos, servidores, etcétera
Lógicamente, los madrileños comenzaron a construir casas de una sola planta para eludir esta obligación. Pero, había otro motivo además:
El primer piso de las casas, pertenecía al rey y que podía venderlo a quien quisiera. Si el propietario de la casa podía pagarselo,el piso se lo compraba al rey.
Pero si no lo tenía, era preferible construir una casa con una sola planta. De esta forma, todo Madrid era
totalmente plano
de una sola planta a excepcion de conventos e iglesias.
En caso de inspección,las casas de más de un piso, se enmascaraban destinando, solo aparentemente, la planta baja a los establos, la primera a la vivienda y la segunda al desván, aunque en la realidad es que se utilizaban todas las plantas como vivienda y de ahí su nombre de "casas a la malicia".
Las casas fueron levantadas deprisa y corriendo, sin garantías de salubridad, con materiales pobres y malos, y sin guardar las más elementales normas de urbanismo. Los propietarios de los solares, campos, fincas o huertas los vendieron o parcelaron con rapidez, queriendo aprovechar la sorprendente demanda de vivienda o alojamiento.
Las fachadas no guardaban, por lo general, una alineación continua, lo que hacía que las calles tuviesen recovecos, entrantes y salientes continuamente. También en los voladizos, se producían toda clase de excesos.
Al morir en 1598 Felipe II, la población de Madrid se había triplicado en relación a la que tenía en 1561 cuando la villa contaba con 20.000 habitantes.
En 1570, había subido la población de Madrid a 35.000, alcanzando a fines de siglo la cantidad de 65.000 almas; al acabar el siglo XVII la cifra es ya de 100.000 vecinos.
En 1563, en el mes de Febrero comienza la gran obra de Felipe II: se coloca la primera piedra del Monasterio de
El Escorial.
A los pocos años, se sustituyó la "regalía de aposento" por un impuesto, contribuyendo ésto a la subida de alquileres y al aumento del precio del suelo.
El resultado fue que la nueva población que seguía accediendo a la Corte, no podía pagar estos alquileres, con lo que se ve obligada a instalarse fuera de la cerca y en poco tiempo, nuevamnete, proliferan casas, posadas, mesones y nucleos de población en el exterior de la cerca.
Fue tan grande el crecimiento de Madrid con el reinado de Felipe II, que hacia 1594 tuvo que construirse una nueva cerca, de carácter fiscal, con puertas y portillos y que englobaba los arrabales y espacios interiores, llegando ya hasta la Puerta del Sol.
Mientras, Felipe II dirigía desde el Alcázar madrileño todo su vasto Imperio, que en este momento llegaba a su cenit. Imperio
en el que no se ponía el sol

FELIPE III

Se ha dicho y repetido mil veces que la decadencia española empieza con el reinado de Felipe III. Cuya ineptitud para gobernar le llevó a dejar las riendas del poder en manos de sus favoritos.
Analizadas las causas que motivaron esta decadencia, hay que convenir que no explican satisfactoriamente el hecho del rápido y vertiginoso descenso de este siglo en lo que a la política se refiere, tan íntimamente unida a lo militar
Acaso el germen de tanta ruina, se incubara al tiempo mismo que su grandeza.
Aquella tenaz persecución a los hombres que con tanto celo defendieron las libertades de Castilla en tiempo de los Reyes Católicos y Carlos I (Los Comuneros de Castilla) y después en Aragón, con Felipe II, yugularon una fuerza que hoy llamaríamos democrática y que retrajo los nuevos impulsos desvalorizándo las ideas que, por romper la monotonía de la burocracia, podían ser salvadoras en un momento dado.
Pero realmente, la descomposición del Imperio se debe a la inoperancia de los reyes y al poder de los validos. Poder, que se convirtió en poderío y no en valía como hubiera sido de desear.

El problema de la vivienda llegó, a ser tan grave en la Corte que muchas gentes tenían que vivir en los sótanos de las casas, que se llamaban «cuevas». Así lo indica Jerónimo de la Quintana, cronista de la época:
«...porque en la mayor parte de las casas hay debajo de tierra sótanos y aposentos y en los más de ellos vive y habita de ordinario la gente»
García Mercadal reproduce las impresiones de algunos extranjeros que visitaron Madrid. Así, un viajero italiano se refiere en tono despectivo al mundo subterráneo en el que viven los vecinos de la capital y al nulo valor arquitectónico de los edificios de vivienda:
«...han aprendido la arquitectura de los topos, la mayor parte de sus casas no son más que tierra a manera de toperas, de un solo piso. En aquellas más ricas construidas, la mula que llevó los ladrillos tiene tanta parte en la gloria de la obra como el arquitecto»
Así se formó un Madrid de muy poco interés arquitectónico y urbano. A ello contribuyó la excesiva división de los solares, ante la falta de espacio para construir y la subida del precio del suelo, consecuencia del gran número de casas «a la malicia» que había en toda la ciudad.
Por otra parte, los nobles no construyen grandes y suntuosos palacios, como ocurría en esa época en otras ciudad europeas, y aún españolas, sino grandes casonas, de aspecto mediocre al exterior, sin ningún valor arquitectónico.
Como nos cuenta Marcellin Defourneaux:
«...las casas más humildes se hallan generalmente construidas con adobes o ladrillos y tan sólo una fachada de piedra distingue las ricas casas burguesas o señoriales. Las ventanas son pequeñas, a menudo sin cristales, sustituidos éstos por una hoja de pergamino que no deja pasar la luz, pero casi siempre guarnecidas por rejas de hierro»
Bajo los reyes de la Casa de Austria la villa se estira, surgen iglesias y monasterios.
En el Plano de Texeira, se relacionan 47 conventos 31 de religiosos y 26 de monjas. Estos conventos con sus dependencias y huertos, ocupaban la tercera parte de la superficie de Madrid.
En lo concerniente a Madrid, Felipe III que había nacido en su Alcazar, a los tres años de su reinado, se llevó la Corte a Valladolid. ¿Por qué? Porque por su poca capacidad delegó las riendas en favor de un delegado o favorito, que no tenía un cargo específico.
Algunos de los validos:
Francisco de Sandoval duque de Lerma, valido de Felipe III.
Duque de Uceda, valido de Felipe III.
Gaspar de Guzmán Conde duque de Olivares, valido de Felipe III y del IV.
Luis de Haro, valido de Carlos II.
Juan Nitard, valido de Carlos II.
Fernando Valenzuela, valido de CarlosII.
Como vemos, los validos se hacían retratar exactamente igual que los reyes puesto que tenían tanto poder o más que ellos, haciendo y deshaciendo a su antojo. El de la izquierda es el Duque de Lerma y el de la derecha el Conde Duque de OLivares.
Desde 1598, año de la subida al trono de Felipe III que contaba 20 años, gobernó como valido el duque de Lerma, amigo personal del joven rey, que desde los primeros momentos recibió autorización para firmar en su nombre.
De esta forma, controló todos los órganos de la administración tomando decisiones ejecutivas siempre a su favor. El reparto de gracias y mercedes permitió al de Lerma, formar una poderosa facción política, lo que molestaba lógicamente a la mayoría de la Corte.
El de Lerma, para escapar a las críticas que se lanzaban contra él, influyo en el pusilánime rey para que hiciese trasladar la corte a Valladolid, aduciendo que esta ciudad castellana tenía más historia.
Pero la razón verdadera era que el Duque, había adquirido numerosos terreno en Valladolid aprovechando el asentamiento de la corte en Madrid. El inepto rey, se dejó convencer y trasladó la corte en 1601 y el Duque vio revalorizarse sus terrenos lo que le aportó enormes beneficios.
La jugada le salió muy bien y despues de cinco años, la repitió a la inversa. Madrid se había devaluado con la salida de la corte.
El duque compro a bajo precio todo lo que pudo en Madrid, generalmente los solares y campos sin edificar, y como ocurriera cinco años antes, influyó en el animo del rey (cuya única ocupación eran las cacerías y rezar a los santos) y volvió la corte a Madrid el 4 de marzo de 1606.
Lo que supuso una nueva dilatación de Madrid en extensión
La nobleza no perdonó al de Lerma este enriquecimiento por medios tan poco limpios. Pero él supo burlar a la justicia metiendose en el sacerdocio donde se hizo nombrar cardenal, no sin antes dejar colocado como valido a su hijo el Duque de Uceda.
En 1617 se construye la
Plaza Mayor,
nuevo escenario de la vida madrileña, que desplaza a la plaza de la Paja.

FELIPE IV
La época y reinado de Felipe IV ofrece un balance que no puede ser más desolador: guerras en el exterior, que no nos causan ningún beneficio; guerras en el interior, que ponen de manifiesto los débiles cimientos sobre los que estaban asentadas la monarquía, la nobleza y las instituciones.
En 1625, Felipe IV, ordena el levantamiento de una cerca o tapia, que impidiera este crecimiento gigantesco, que ya producía sobre la vida cotidiana de los madrileños toda una serie de inconvenientes y problemas.
Esta cerca perseguía, no sólo cerrar, con fines fiscales y policiales, los numerosos nuevos barrios surgidos, sino sobre todo fiscalizar los impuestos e impedir que el crecimiento continuara.
Sólo dos cosas funcionaban a la perfección con Felipe IV: las cacerías reales y los corrales de comedias, que se veían atestados de gente aplaudiendo las obras de Lope y de Calderón.
Las cacerías revelan el espíritu del rey y entretenían su ocio; las comedias revelan el carácter del pueblo y entretenían su hambre.
En el fondo tanto el pueblo como el rey habían llegado a ese grado de saturación y embotamiento que no se sabe si se tiene ganas o náuseas. Su apetito lo mismo indicaba la saciedad como el hambre.
Existían en Madrid numerosos conventos con grandes huertas, que junto a los jardines de los palacios de la nobleza, eran las únicas zonas verdes que había en el interior de la ciudad.
Los conventos ocupaban un gran espacio, que unido al de las iglesias, hospitales, oratorios, ermitas, etc., suponía la tercera parte de la ciudad
Además, había una ley por la que no se permitía que las casas colindantes tuvieran ventanas que miraran a las huertas monacales, ya que rompían la clausura.
Todo ello contribuyó a hacer más escaso el suelo existente para la construcción de viviendas.
De sobra es conocido que Madrid, durante la época de los Austrias, fue la capital europea más pobre en cuanto a monumentos y ornato público, careciendo sus edificios, en su mayor parte, de belleza e interés arquitectónico, y sus calles no ofrecían mejor aspecto.
Muchas calles, «hijas de la casualidad», como dijo Fernández de los Ríos, eran estrechas y tortuosas, y no obedecían a ningún trazado razonable.
Surgían sin los desmontes y terraplenes que exigían sus desniveles, y sin tener en cuenta nada, ni la perspectiva, ni el ornato público, ni la comodidad del vecindario.
La mayoría carecían de empedrado, lo que producía grandes barrizales en el invierno y grandes polvaredas en el verano, y las que lo tenían, era de guijarros de pedernal puntiagudo, lo que suponía una incomodidad para el viandante.
Así se expresa Francois Bertaut en 1664 a propósito de una visita a Madrid:
«Las calles son anchas en su mayoría, pero no creo que nadie haya recogido nunca un solo cargamento de barro de su pavimento, pues se ve tanto lodo por todas partes y es tan pútrido debido a los excrementos que se arrojan en él que atribuyo a esta razón las muchas molestias que se toman los españoles para obtener perfumes (...)
En verano este barro se seca y produce gran cantidad de polvo terrible, de modo que siempre, cualquiera que sea la estación, tiene uno la impresión de que las calles no están empedradas, aunque sí lo están.»
Sólo las calles principales tenían aceras, que consistían en una estrecha fila de losas sin labrar, colocadas y unidas de forma desigual. De noche, las calles se hacían prácticamente intransitables, al carecer casi todas de alumbrado público.
Sólo a largos trechos aparecía algún farolillo encendido ante alguna imagen de virgen o santo empotrada en una hornacina en las fachadas de las casas, costumbre muy extendida durante el siglo XVII.
(Hay que recordar que en este momento nace lo que será con el tiempo nuestro Teatro Lírico Nacional: La zarzuela.)
A Felipe IV no le importaba perder una guerra o un pedazo de tierra, por valioso que él fuera, mientras hubiera fiestas en el
Buen Retiro o cacerías de las que disfrutar .
El ejército, sin pagas, poco podía hacer en un mundo tan hostil y despreocupado. El comercio, en ruina, ni intentaba levantarse siquiera.
En resumen, un reinado largo, aciago y desastroso el de Felipe IV, con pérdidas de plazas y batallas, con decadencia y ruina del comercio, las armas y, tras unos años de esplendor, las letras españolas.
Felipe IV se podía vanagloriar de sus cacerías, sus amores y entretenimientos. Pero llevaba sobre sus espaldas el peso de haber roto de nuevo la unidad de la Península ibérica.

CARLOS II
En el hijo de Felipe IV, Carlos II, se dan cita todas las calamidades que paulatinamente se habían ido juntando con los dos reinados anteriores.
En lo político España llega a ser una sombra de lo que hasta entonces había sido. Su influencia en las cortes extranjeras es nula y hasta se puede decir que son éstas las que influyen o determinan la marcha descendente del último de los Austrias.
A Carlos II, se le conoce como "El hechizado". Nacio y vivió débil y enfermizo, estaba poco dotado física y mentalmente. Vino al mundo con raquitismo infantil.
En su abultada cabeza y en que no pudiera caminar con normalidad hasta los 10 años se demuestra.
¡28 nodrizas tuvieron que amamanterle ya que su lactancia duró casi cuatro años!.
¿Y de qué le habrán vestido en este retrato?
Pues a pesar de ser el heredero del trono de España, su formación y cultura fueron muy escasas.
Parece ser que nadie apostaba por él. La verdad es que se le consideraba un enjendro.
Llegó al trono cuando aún no había cumplido los cuatro años, por lo que, de acuerdo con el testamento de Felipe IV, su madre, Mariana de Austria, ejerció la regencia, asesorada por una Junta de Gobierno.
A pesar de su desgraciado físico y por ser el rey, se casó dos veces, pero claro, sin tener descendencia y de ahí el sobrenombre de: "el hechizado" que le otorgó el pueblo. Pero este supuesto "hechizamiento" tenía una causa.
La causa de la esterilidad radicaba en un hipogenitalismo, ya que el rey tenía un solo testículo y además, atrofiado. La primera de sus esposas María Luisa de Orleans, seguía siendo virgen al año de matrimonio.
En cierta ocasión, la reina confesó a su camarera que el rey padecía de "eyaculación precoz" lo que le impedía consumar el matrimonio
La segunda esposa, Mariana de Neoburgo gozaba de las mismas prestaciones sexuales del rey.
La verdad es que la pobre Mariana, tendría que tener un buen estómago para acostarse con él. Y así pasó lo que pasó, que no tuvo descendencia. Lo que no sabemos, es si andaría por el Alcazar algún que otro Beltran de la Cueva.
En lo militar ¿qué podía contar ya la nación que iba perdiendo sus vastas posesiones europeas? Luis XIV, con la diplomacia que le era proverbial saltaría de uno a otro de los platillos de la balanza, para apoyar o no, el interés español según las pesas de su propia conveniencia.
Hemos visto que a Felipe III, lo único que le importaba eran las fiestas y la caza. A su hijo Felipe IV, lo que le apasionaba era la caza y las fiestas. Y a éste, ¿que le gustaba?... Ni servía para las fiestas ni para la caza, pero le producía una excitación increíble presidir en la Plaza Mayor
las ejecuciones sentenciadas por el Santo Oficio.
En fin, que con estos tres últimos Austrias se produce la desintegración de la mayoría del imperio español creado desde los Reyes Católicos hasta Felipe II, como por ejemplo:
1640 Separación de Portugal.
1648 Por el tratado de Westfalia, España reconoce la independencia de Holanda.
1659 Pérdida del Rosellón, Cerdaña, Luxemburgo, Artois y varias plazas de Flandes.
1668 Pérdida de las plazas flamencas de Lille, Douai, Ath, Tournay, Courtrai, Audenarle, Charleroi, Furnes, Armentieres y Bergues Saint-Winoc.
1678 Pérdida del FrancoCondado y las plazas flamencas de Bouchain, Condé, Valenciennes, Aire, Ipres, San Omer, Cassel y Warwick.
1689 Pérdida de Larache.
En lo referente a Madrid afortunadamente en esta época, de los Austrias, se vive un gran momento histórico para nuestra Villa y Corte. La cultura invade sus calles: arquitectos, artistas y escritores deciden alojarse en la Corte.
Y afortunadamente se desarrolla la etapa conocida como
El Siglo de Oro en el que brillan talentos irrepetibles en literatura, pintura, arquitectura etc.
Pero también por este motivo, el crecimiento de Madrid se hace imparable. Ya llegaban las construcciones hasta el Prado de San Gerónimo.
Pero lo que más llamaba la atención de los viajeros que llegaban a la Corte, sobre todo de los extranjeros, era la suciedad de la ciudad. Un Madrid que carecía de alcantarillado (también es verdad, que como casi todas las ciudades europeas de la época).
Existían algunos pozos negros, pero eran muy escasos, limitados a algunos palacios y conventos. El resto de la población arrojaba las aguas residuales por la ventana, después de anochecido y al grito de «¡agua va!», tras el cual debía quedar un espacio de tiempo suficiente para que quien pasara por la calle pudiera retirarse a tiempo. Y el que no se retiraba a tiempo, pues eso...
Así la calle era el lugar a donde venían a parar todas las aguas residuales y todo tipo de basuras que se arrojaban a la vía pública. Como los servicios de limpieza municipales eran bastante deficientes, las calles se convertían en depósitos de basura que producían malos olores en toda la ciudad.
Hay numerosos testimonios de viajeros sobre la escasa salubridad de Madrid, la mala higiene de sus habitantes, la suciedad y el mal olor de sus calles. García Mercadal recoge la siguiente impresión de Lambert Wyts:
«Tengo esta villa de Madrid por la más sucia y puerca de todas las de España, visto que no se ven por las calles otros que grandes servidores (como ellos lo llaman), que son grandes orinales de mierda, vaciados por las calles, lo cual engendra una fetidez inestimable y villana (...) pues si se os ocurre andar por el fango, que sin eso no podéis ir a pie, vuestros zapatos se ponen negros, rojos y quemados.
No lo digo por haberlo oído decir, sino por haberlo experimentado varias veces. Después de las diez no es divertido pasearse por la ciudad, tanto, que después de la hora oís volar orinales y vaciar porquerías por todas partes.»...
«Mostré deseos de saber por qué soportan una costumbre tan horrible; dicen que lo prescriben sus doctores, pues mantienen que el aire es tan penetrante y sutil que esa manera de corromperlo con vapores perniciosos lo mantienen en su composición debida. No obstante esos desagradables olores, jamás ha habido una plaga en la ciudad».
En 1625, Felipe IV, ordena el levantamiento de una cerca para impedir este crecimiento gigantesco que ya ocasionaba graves problemas e inconvenientes a los madrileños.
La cerca, no es una muralla propiamente dicha ya que no tenía fines defensivos sino que es una tapia de ladrillo y manpostería para regular los impuestos y frenar el crecimiento exagerado de Madrid y este encorsetamiento de Madrid se prolongó por más de doscientos años.
Un fragmento de esta cerca podemos hoy contemplar en la Ronda de Segovia en su encuentro
con la puerta de Toledo.
Sólo ciento treinta y nueve años median entre la institución por Felipe II de Madrid como capital de España y la extinción de su dinastía. Siglo y medio en el que la villa se convierte en la capital del orbe, y de ser un poblacho que, según Fernando de Oviedo, tenía en 1513 tres mil habitantes, pasa a ser una ciudad tumultuosa con más de cuarenta mil personas y hay quienes aseguran que hasta cien mil, a comienzos del siglo XVII.
Este Madrid, lo vamos a recorrer con la ayuda de Pedro Texeira. Pero ante, veamos una Galería de fotos de los principales munumentos de la época de los Austrias.

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Puente de Segovia: Fue construido en 1582 ó 1584 por Juan de Herrera, el arquitecto del monasterio de El Escorial.
Costó, según documentos de la época, más de 200.000 ducados, y tiene nueve arcos de medio punto desiguales que, desde el alto y espacioso del centro, decrecen simétricamente hacia la derecha y la izquierda.
Es de sillares de granito que se prolongan formando aletas almohadilladas a uno y otro lado, y está coronado sobre el antepecho con grandes bolas de la misma piedra, muy características del severo gusto herreriano.

Convento de San Plácido: En la Calle del Pez, esquina a San Roque, se encuentra el convento de San Plácido. Fundado en 1623 por Doña Teresa Valle de la Cerda y don Jerónimo de Villanueva.
Su arquitecto fue Fray Lorenzo de San Nicolás, pero del conjunto sólo se conserva la iglesia, ya que el convento fue derribado en el pasado siglo, aun cuando después ha sido restaurado y sigue siendo regentado por monjes benedictinos.
Según la leyenda popular, Felipe IV regaló al convento el Cristo pintado por Velázquez, como desagravio de una de sus aventuras galantes.

El Palacio del Buen Retiro: En tiempos de Felipe II ya existía el monasterio de San Jerónimo que había sido fundado por Enrique IV de Trastámara en las afueras de Madrid, en la carretera de El Pardo.
Posteriormente, los Reyes Católicos trasladaron el monasterio a su emplazamiento actual, para que les pillara más cerca.
En el mismo monasterio había un edificio llamado el Cuarto Real, por servir de alojamiento a los monarcas para su retiro en épocas de lutos o retiros espirituales.
El Conde-Duque de Olivares, intentando agradar a su soberano, impulso la creación de un gran complejo palaciego a partir del Cuarto Real. La finca era de su propiedad, como casi todo Madrid, y lo que no era de él, lo expropió.
Se inicio la construcción del palacio en 1629. El conjunto se componía de más de 20 edificios, con jardines, estanques y fuentes que le dotaban de una enorme suntuosidad.
Pero su arquitecto Alonso Carbonell, para ahorrarse algunos doblones y por la premura de tiempo, utilizó en su construcción materiales baratos: ladrillo para los muros, madera para los forjados y pizarra en los chapiteles que remataban las torres.
En el patio principal, Mariana de Austria viuda ya de Felipe IV, ordenó la colocación de la estatua ecuestre de su esposo. Esta estatuas es la que actualmente podemos ver en la plaza de Oriente.
En 1808 las tropas francesas utilizaron el palacio como cuartel, lo que ocasiono su rápido deterioro, dada la escasa calidad de los materiales de construcción.
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sabel II intentó rehabilitarlo, pero el mal estado del mismo le obligó a la destrucción de gran parte del mismo no sin antes vender todos los terrenos que ocupaba el palacio para su propio beneficio, lo que motivó la tristemente célebre Noche de San Daniel.
Hoy en día solo conservamos dos pabellones: el Salón de Reinos, actual Museo del Ejército y el salón de baile hoy Casón del Buen Retiro, cuya bóveda se halla decorada con pinturas de Lucas Jordán.
La fachada actual, de corte clásico y fechada a principios del siglo XIX es obra de Ricardo Velázquez Bosco.

Capilla de San Isidro: Está situada en la plaza de los Carrros. Anexionada a la Iglesia de San Andrés, formando ambos edificios un conjunto monumental.
La iglesia de San Andrés, una de las más antguas de Madrid, pasó a segundo término al construirse la capilla para albergar el cuerpo de San Isidro.
Su construcción data de 1643, sobre planos de Pedro de la Torre, pero poco después se paraliza la obra, y en 1657 se comienza otra vez participando los arquitectos José Villarreal, Juan de Lobera y Sebastián Herrera Barnuevo.
La capilla de San Isidro, es del más puro estilo barroco.

El Colegio Imperial y la Colegiata de San Isidro
EL COLEGIO IMPERIAL: En la calle de los Estudios y dándole su nombre, se encontraba en la segunda mitad del siglo xvi «El Estudio de la Villa», en el que estudió Cervantes y que pertenecía al Concejo. En 1572, al lado de éste, los jesuitas fundaron un Colegio, en principio modesto, pero que iría ampliándose con el tiempo.
En 1592 se iniciaron las obras, parece ser que con proyectos de Francisco de Mora, y se terminaron en 1601. Pero será en 1603 cuando comenzará su auge, debido al legado que dejó al Colegio Doña María de Austria, hermana de Felipe II, al morir. Entre otras cláusulas del testamento, una era la de que a partir de entonces se llamaría «Colegio Imperial», y la otra, la edificación de una gran iglesia cuyas obras dieron comienzo en 1622. Este colegio alcanzó gran fama y llegó a contar con alumnos destacados, como Lope de Vega, Géngora y Quevedo.
LA COLEGIATA: Situada en la calle de Toledo. Se inician las obras en 1622, sobre trazas de Pedro Sánchez. En 1633 continúa la obra el Hermano Bautista, y en la fachada parece que participé también Pedro de la Torre. Construida por expreso deseo de María de Austria, para lo cual a su muerte dejó un cuantioso legado a los jesuitas, la iglesia está concebida en estilo barroco, según la traza monumentalista del Hermano Bautista; la planta, de una sola nave con crucero y capillas laterales, algunas de las cuales se comunican entre sí, característica que es singular en Madrid. Su cúpula fue la primera en construirse, de acuerdo con las trazas de Fray Lorenzo de San Nicolás.
En 1768 fue reformada por Ventura Rodríguez. En febrero de 1769 se trasladó allí el cuerpo de San Isidro Labrador, así como el de su esposa, Santa María de la Cabeza. Por una disposición de Carlos II, se separa la antigua iglesia del Colegio Imperial, de la institución docente.

Convento de La Encarnación: Está situado en la plaza de la Encarnación. Fue fundación de Doña Margarita de Austria, esposa de Felipe III, para la orden religiosa de Agustinas Recoletas.
Su arquitecto fue Juan Gómez de Mora, quien lo edificó en 1611, en estilo post-herreniano madrileño.
Este arquitecto creará un tipo de fachada en este convento, tomando como modelo la iglesia de San José de Avila, obra de su tío, Francisco de Mora, la cual servirá igualmente de modelo para numerosos templos madrileños posteriores y formará escuela en las iglesias Carmelitas.
En 1767 fue restaurado por Ventura Rodríguez, tras las consecuencias de un incendio. Su interior es de gran riqueza, con pinturas, imágenes y objetos de notable valor.
Otro elemento de interés será la Lonja, que a partir de entonces se va a convertir en una característica de las iglesias madrileñas.

Plaza de La Villa: Esta plaza tiene en Madrid una gran solera. Desde ella se gobernó la Villa desde tiempo inmemorial. La Iglesia de San Salvador, situada en la esquina de la calle Mayor con la de Señores de Luzón, tenía un gran atrio donde acudían a reunirse los vecinos para discutir lo relativo a la vida comunal.
En 1346, Alfonso XI nombró un «regimiento» formado por 12 regidores que representaban a los vecinos. Nace así el Ayuntamiento de Madrid, del que hay noticias escritas desde 1464.
Estos regidores se reunían también en el atrio de la Iglesia de San Salvador, y al derribarse ésta en 1599, con motivo del ensanche de la calle Mayor, decidieron construir ya un edificio para sus reuniones.
En la actualidad, la plaza es irregular y tiene a cada uno de los lados la llamada Casa de la Villa, la Casa de Cisneros, y la Casa de los Lujanes, en tanto que el cuarto lado es el que da a la calle Mayor.Es uno de los rincones más bellos y mejor conservados de la geografía madrileña.
Sobre un solar propiedad del Municipio, se comienza la Casa de la Villa, en 1621, con proyectos de Gómez de Mora.
Fallecido éste, se hace cargo de la obra José Villarreal, y más tarde Teodoro de Ardemáns, pero siempre respetando los proyectos de aquél.
En 1789, Juan de Villanueva realiza una serie de renovaciones, como es el gran balcón que da a la calle Mayor. La doble función de Casa Consistorial y Cárcel de Villa, hará que el edificio tenga dos puertas a la calle, característica curiosa para una construcción de este tipo.

Cárcel de la Corte: Está situada en la Plaza de la Provincia. Fue construida en 1629, posiblemente por Gómez de Mora, en los terrenos de la llamada cárcel vieja, que ya resultaba insuficiente para tanto malhechor como pululaban por Madrid. En esto no ha cambiado mucho nuestra Villa y Corte.
Estaba distribuida en torno a dos grándes patios, y tennía en las galerías altas, a la izquierda, la «sala de audiencia», a la derecha la «sala de los alcaldes».
Abajo, en la zona de la izquierda, la «galería de los presos», el llamado «patio de los calabozos», y en la zona derecha el «patio de los escribanos».
El edificio ha pasado por diferentes períodos en cuanto a su función:
De 1643-1786: Cárcel de Corte.
De 1786-1876: Ministerio de Justicia.
De 1834-1877: Palacio de Audiencia.
De 1877-1899: Ministerio de Ultramar.
Desde 1910: Ministerio de Asuntos Exteriores (función que desempeña en la actualidad).


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