Con Felipe V, entra en España la dinastía de los Borbones. El 18 de febrero de 1701 llegó a Madrid el nuevo rey, quien se detuvo en el palacio del Buen Retiro, esperando su entrada pública en la corte para ocupar el viejo alcázar madrileño. Más tarde, el 14 de abril, fue la entrada del monarca. Gran cortejo de Consejos y Ayuntamiento. Acompañamiento de la corte y las gentes por el solemne recorrido, en la toma de posesión pública de la villa.
Pero Madrid, en 1701, tenía la misma superficie urbana que cuando, en 1625, Felipe IV había ordenado la erección de la cerca que rodeaba la ciudad, cortando el vertiginoso crecimiento de la Corte. Una vez alcanzadas las altas cotas de población de principio del XVII, ésta se había mantenido estable, con las normales variaciones de un momento a otro, pero siempre dentro de los limites marcados por la cerca.
Por tal motivo, Madrid seguía siendo una ciudad sucia, desorganizada, polvorienta, con edificios muy humildes, que carecía de servicios urbanos, como el empedrado o el alcantarillado, y que tampoco ofrecía al visitante, salvo muy pocas excepciones, grandes edificios ni avenidas anchas y rectilíneas, como las grandes arterias barrocas de otras ciudades europeas.
Enseguida, el primer Borbón, pensó en lo inapropiado de Madrid como capital de la dinastía borbónica, que era la hegemónica en el continente, y la carencia para ofrecer una suntuosidad acorde con el "grandeur" de los Borbones.
El 25 de agosto de 1707 dio a luz la reina María Luisa Gabriela, un niño de nombre de Luis. La villa presenció un bautizo deslumbrante. Era el príncipe de Asturias. Poco después llegaron los nacimientos de otros infantes: don Felipe Pedro Gabriel -muerto de niño- y don Fernando, que alcanzaría a subir al trono como Fernando VI.
Sabido es que Felipe V, detestaba el Alcázar Real, en el que pasaba el tiempo imprescindible que le marcaba el protocolo y el calendario cortesano y... ¡que casualidad! , que en este reinado fue destruido por un incendio.
El Alcazar de Madrid, que estaba en pie desde el siglo IX, que había vivido la época medieval, lo habían habitado y engrandecido toda la dinastía de los Austrias. Ese Alcazar, ardió como una tea. En tres días que duró en incendio, se convirtió en humo la historia de casi nueve siglos y una gran cantidad de obras de arte, entre las que se encontraban muchas de Velazquez. Uno se puede imaginar a Felipe V viendo arder el Alcazar, como un nuevo Nerón tocando la lira mientras contemplaba el incendio de Roma para construir su "Domus Aurea". Pero había que echar la culpa a alguien y las culpas se las llevó un pintor de la corte, Jean Jules Rac, pintor de la Corte.
Y aprovechando el "casual" incendio del Alcazar, decidió hacerse un palacio nuevo de acuerdo con sus gustos y sobre todo, de los de su esposa María Luisa Gabriela de Savoya, para la que ya se estaba construyendo el palacio de La Granja
Tampoco tenía Felipe V afecto por Madrid como ciudad, que a él, nacido en Versalles, le parecía oriental, intrincada, sucia y maloliente. Ni que decir tiene que el palacio del Buen Retiro le parecía mediocre, destartalado, aburrido y medieval, porque le comparaba con su Versalles, con las Tullerías y el Louvre. El proyecto del nuevo palacio se encomendó al arquitecto Robert de Cotte, que elaboró un diseño de palacio faraónico con varios cuerpos y alas, de planta compleja, en un esquema típico del Barroco avanzado de principio del XVIII, que de haberse llevado a cabo, hubiese cubierto una extension que abarcaría todo el terreno del palacio actual más toda la plaza de España.
En 1714 murió la reina de tuberculosis, pero pronto se consoló el viudo Felipe, que seis meses después anunciaría su casamiento con Isabel de Farnesio, formando una gran familia, que pintó Van Loo.
Los conflictos entre Habsburgos y Borbones, y la alineación de los antiguos reinos de la Corona de Aragón en favor de los Austrias, desencadenaron la Guerra de Sucesión española. Acabada ésta, por los tratados de Utrecht y Rastadt la monarquía española perdió los territorios europeos en Italia y en los Países Bajos.
En enero de 1724 abdicó de forma inesperada en su hijo Luis, primogénito de su primer matrimonio, pero tras la temprana muerte de Luis I, a los 16 años de edad, en agosto del mismo año, volvió a reinar en España FelipeV.
El entonces corregidor de Madrid, Marqués de Vadillo, dispuso una reforma y mejorada la margen izquierda del río Manzanares, colindante con los jardines del Alcázar, lo que actualmente es el Paseo de la Virgen del Puerto mandando construir una ermita a esta virgen que era la patrona de Plasencia, su villa natal.
Vadillo, comenzó un plan de mejoras y embellecimientos de la Corte, persiguiendo que la villa cobrase algo de esa pretendida representatividad de la Corte borbónica. Tuvo la suerte de contar con un arquitecto, joven y que empezaba llamado Pedro de Ribera, que supo entender y llevar a la práctica las ideas de embellecimiento barroco de Madrid.
El maestro mayor de la villa era Teodoro Ardemans, que achacoso, y absorbido por el palacio de La Granja, apenas podía ocuparse de las necesidades arquitectónicas de Madrid. Vadillo eligió por su cuenta a Ribera, sin contar con el Concejo, lo que no aceptaron algunos regidores rebeldes, espoleados por Ardemans, que no veía con simpatía la aparición del joven rival Ribera..
A pesar de estas dificultades, en poco más de una década, el tándem Vadillo-Ribera constituyó un capítulo brillante en la historia urbana y arquitectónica de Madrid, pues a su colaboración se debieron algunos de los más hermosos y característicos monumentos de la capital.
Cuartel de Guardias de Corps, despues cuartel del Conde Duque. y hoy Centro Cultural
El teatro de los Caños del Peral, en el lugar en el que hoy se levanta el Teatro Real
El Teatro del Príncipe, hoy Teatro Español, construido sobre el antiguo Corral de la Pacheca
La Real Fabrica de Tapices
El edificio del Monte de Piedad del que hoy se conserva solamente su portada
El Puente de Toledo.
La iglesia de San Cayetano
El Hospicio, hoy Museo Municipal
Nació el 23 de septiembre de 1713 en Madrid, era el tercer hijo de Felipe V y de María Luisa Gabriela de Saboya y heredó el trono español a la muerte de su padre.
Este soberano, gran coleccionador de relojes, al que un historiador extranjero le llama el Discreto, fue buen rey, porque, aunque sus detractores dicen que era de inteligencia mediocre, él supo escoger ministros laboriosos y de entendimiento y dejó gobernar a los mejores.
El reinado de Fernando VI, aparte de los defectos, tiene cierta grandeza, atractivo y simpatía. España se sacudió la esclavitud de Francia y dejamos de ser temidos en Europa como en la época de los Austrias. Por el contrario, fuimos admirados, pues nuestra amistad era preciosa para las grandes potencias e inclinábamos la balanza, que con cantos de sirena querían sacar a España de la provechosa neutralidad. Esta neutralidad es uno de los logros más positivos de Fernando VI, aunque su reinado no brille con el esplendor de la victoria ni el estruendo de los capitanes en el campo de batalla.
En 1729 se casó con Bárbara de Braganza, hija de Juan IV de Portugal y Mariana de Austria . Este enlace, entra dentro de lo que era frecuente entre los miembros de las coronas hispánica y portuguesa. Barbara, será la elegida para contraer matrimonio con el aún príncipe de Asturias, Fernando, al facilitar el enlace de la infanta Maria Ana Victoria con el heredero del trono portugués. Los esponsales se celebran en 1728, intercambiándose las princesas en la frontera entre ambas naciones al año siguiente. La joven Bárbara era una mujer culta, dominadora de seis idiomas, amante de la música y de agradable carácter. Fernando y Bárbara vivieron aislados durante el reinado de Felipe V, por voluntad de Isabel de Farnersio, madrastra de Fernando, que maquinaba lo que podía porque quería ver en el trono de España a sus hijos y no a su hijastro. Pero en 1746 Fernando, sube al trono y, al igual que su padre, estuvo dominado por su esposa. Doña Bárbara ya como reina, ocupó un importante papel en la corte, especialmente como mediadora entre su esposo y su padre, el rey de Portugal.
Las Salesas Reales fue una fundación de los reyes, levantada por deseo de la reina. Bárbara, temía la muerte de su marido y pensaba que entonces, sin haber tenido descendencia, habría de quedar bajo el poder de su suegra, Isabel de Farnesio, que era de armas tomar...
Quiso en tales condiciones tener un lugar en el que residir, fuera de toda influencia de ella, y proyectó una fundación, mezcla de convento y colegio, donde encontrasen educación las doncellas nobles. Por eso pensó en entregarla a las monjas Salesas.
El convento desapareció en un incendio y sobre su solar se construyó el actual palacio de Justicia, paredaño al templo, que es el único resto subsistente de la fundación real, conocido hoy como la Iglesia de Las Salesas . inaugurada en 1757
Pero la fundación religiosa no cumplió el fin a la que, la destinó el pensamiento de su fundadora, ya que ésta murió antes que el rey tras una larga agonía el 27 de agosto de 1758, y no llegaron por tanto las difíciles situaciones que ella pensara.
Lo que sí llegó fue la crítica del pueblo, que no gustó de la obra, indudablemente muy tocada del gusto francés, que suponía un duro choque con la estética barroca que se desarrollaba en Madrid, por lo que enseguida se hicieron populares estos versos.
"Bárbara Reina, bárbaro gusto bárbara obra bárbaro gasto"
Y se dijo más de la soberana, porque muerta el 27 de agosto de 1758, en la apertura del testamento se descubrió que había acumulado grandes riquezas: siete millones de reales que dejaba a su hermano don Pedro de Portugal, instituido por ella heredero universal. El pueblo sospechó que hubiera reunido esta suma con manejos poco delicados y reaccionó al ver cómo le arrancaban al melancólico Fernando VI una herencia que lógicamente le pertenecía. Por eso corrió por Madrid, esta décima:
"La estéril reina murió, sólo preciosa en metales; España engendró caudales para la que no engendró. Bárbara desheredó a quien la herencia le ha dado y si la Parca no ha entrado, a suspenderle la uña, todo lo que el rey acuña, se trasladará al cuñado"
En 1752 Fernando VI, funda la Academia de San Fernando de Bellas Artes. El último año de su vida, y a consecuencia de la muerte de su esposa en 1758, Fernando estuvo encerrado en el castillo de Villaviciosa de Odón sumido en la locura, que había heredado de su padre Felipe V y se había acrecentado con la muerte de su esposa. Allí permanecio dando gritos llamando a su fallecida Bárbara, hasta que llegó de Nápoles su hermanastro Carlos, el futuro Carlos III.
Fernando VI, falleció el 10 de agosto de 1759 sin descendientes. Está enterrado en el crucero de la iglesia fundada por Barbara de Braganza.
Descansa en la paz que no consiguió en vida, en un sepulcro realizado por Sabatini, con esculturas de Francisco Gutiérrez. Detrás de él, con entrada por la sacristía, está el de la reina Bárbara de Braganza.
El 11 de septiembre de 1759 se verificó la proclamación de uno de los reyes que más había de hacer por Madrid. Muchos azares habían tenido que entrar en juego para que Carlos llegara a ceñir la corona de España. Había nacido en Madrid, el 20 de enero de 1716, fruto del segundo matrimonio de Felipe V con Isabel de Farnesio. La Farnesio no creyó que su hijo pudiera suceder nunca al padre ya que existían otros infantes mayores, hijos del primer matrimonio del rey, y enzarzó a España en dificultades y pendencias para procurarle el reino de Nápoles, a su hijo Carlos, al que finalmente accedió.
Ya rey de Nápoles era cuando, muerto sin sucesión su hermano ( Fernando VI) se vio a las puertas de un trono que tan lejano había estado para él.
Había llegado a España acompañado de su esposa, María Amalia de Sajonia y sus hijos, nacidos en Italia. La reina moriría un año más tarde. Para Carlos III fue una pérdida profundísima, demostrada en el hecho de que le sobrevivió veintiocho años y no volvió a casarse.
Maria Amalia, había hecho posible la factoría de porcelana de Capodimonte, con la ayuda técnica de su padre el duque de Sajonia. Esas factorías con moldes y obreros y hasta con pasta de fabricación, trajo Carlos a España, formando parte de su equipaje, dando lugar a una industria floreciente y productora de obras bellísimas que hoy son piezas de museo y que instaló en el Retiro.
Pero ésto también fue el principio del descontento de los madrileños, porque también se trajo de Nápoles, politicos, artistas, arquitectos y costumbres que estaban muy lejos de las del Madrid de entonces .
Su gobierno realizó reformas que provocaron un amplio descontento social, a pesar de que todas estas reformas, eran para mejorar la calidad de vida de los madrileños. Pero al madrileño del siglo XVIII, sobre todo a los pícaros y amigos de lo ajeno que hacían sus fechorías nocturnas al amparo de la falta de iluminación de la Ciudad estaban acostumbrados a esta forma de vida.
Comenzaron las reformas por el empedrado y limpieza de las vías públicas, para lo que el arquitecto Sabatini presentó un proyecto en 1761. Cada semana los alguaciles entraban en las casas y examinaban su estado, imponiendo multas a los dueños desaseados. Hizo que las basuras no se arrojaran a la calle, como se venía haciendo, sino que se guardasen en cubos dentro de los patios o caballerizas hasta que las retiraban los carros basureros. Sabatini hizo colocar faroles en las calles. Obligó a los propietarios de casas a poner canalones a lo largo de toda su fachada para recoger las aguas de los tejados, evitando así que volcasen directamente a las calles, y bajadas que las llevasen hasta el suelo. Hizo construir pozos para las aguas fecales, y sumideros para las aguas de cocina y aseo.
El 23 de mayo de 1766 estalló en Madrid lo que se conoce como el motín de Esquilache en el que se proferían vivas al rey y pedían la destitución del ministro italiano. Teóricamente, el determinante fue el bando publicado el 10 de marzo de 1766, firmado por Esquilache, prohibiendo a los españoles el uso de la capa larga y del sombrero de alas amplias que encubría tantos delitos callejeros amparados por la oscuridad de la noche.
Otros historiadores apuntan otras razones. Sea como fuere, en la tarde del domingo 28 de marzo, a las diecisiete horas, ante la puerta del cuartel de Inválidos, que estaba situado en la plaza de Antón Martín, dio comienzo el levantamiento. El barullo callejero se prolongó durante varios días. Parece que el motín asustó al rey y que aun se llegó a pensar en cambiar la capitalidad. Todo acabó con la expulsión del ministro Esquilache. Este era muy mal visto por los españoles en general y los madrileños en particular. Y así lo demostraban los pasquines que circulaban por Madrid y que decían:
"Yo, el gran Leopoldo Primero marqués de Esquilache augusto, rijo a la España a mi gusto, nada consulto, ni informo, a los pueblos aniquilo, y el buen Carlos, mi pupilo, dice a todo: !Me conformo!"
Pero es indudable que el motín, tan clamorosamente estallado, venía incubándose desde tiempo atrás y es preciso que tuviera una organización y un motor.
Ya desde los mismos sucesos se pensó en ello y los círculos cercanos al rey pusieron su mirada en los jesuitas no se sabe con cuánta razón. Pero a raiz de este suceso, el uno de abril de 1767 salieron de Madrid expulsados los jesuitas. La orden de expulsión se llevó con el mayor secreto y fue una sorpresa general, tanto para los expulsados como para los madrileños, cuando dicho día, a primeras horas de la mañana, las tropas entraban en los seis conventos de la orden en esta villa, sacando de ellos a los religiosos sin otro equipaje que lo puesto y llevándoles en grandes carromatos camino de Cartagena, donde fueron embarcados para Italia. Medida que, por otra parte, ya habían tomado otros estados europeos.
De cualquier forma, Madrid tuvo la suerte de que este rey, tan interesado en sus reformas, sugiera en un tiempo en el que proliferaban los buenos arquitectos y artistas, que pudieron cumplir sus mandatos con belleza y arte, lo que vino a aumentar el esplendor del momento. Entre ellos se encuentran el arquitecto italiano Francisco Sabatini, el francés Jaime Marquet, los españoles Ventura Rodríguez y Juan de Villanueva quizá los dos arquitectos de mayor importancia y los escultores Roberto Michel, Francisco Gutiérrez y Juan Pascual de Mena.
A estos arquitectos y artistas se deben los edificios y monumentos más emblemáticos
que podemos admirar hoy
y que entre los más importantes, se pueden citar: La Aduana, hoy ministerio de Hacienda, La Puerta de Alcalá, La Puerta de San Vicente, El templo de San Francisco el Grande ,El Observatorio Astronómico ,El Jardín Botánico ,La iglesia de San Justo hoy Basílica de San Miguel ,El Hospital Provincial ,La Fábrica de porcelanas ,La Real Casa de Correos ,El palacio de Liria ,La Academia de Bellas Artes de San Fernando ,La fuentes de Cibeles ,La fuentes de Apolo ,La fuentes de Neptuno ,La fuentes de Alcachofa ,Las cuatro fuentecillas del Prado ,El Banco Nacional de San Carlos ,El Gabinete de Historia Natural.
Carlos III, murió a los setenta y dos años el 14 de noviembre de 1788.
Bien conocidas son las curiosas características de este reinado, así como de las figuras de los reyes: Carlos IV, la reina María Luisa de Parma y Manuel de Godoy, todopoderoso favorito de la real pareja, cuya influencia dura prácticamente lo mismo que el reinado de estos reyes.
Y es curioso el paralelismo, que existe entre Felipe IV y Carlos IV. Si el primero lleva consigo la lacra de la pérdida de muchos territorios y sobre todo, por la separación de Portugal, Carlos IV arrastra consigo el desdoro de haber entregado y vendido todo el reino.
Sí aquél fue un rey inepto, dedicado a la caza y a las diversiones, éste se dedica con igual afán a los mismos pasatiempos. Si Felipe IV tiene unos validos aprovechados con miras particulares, (El Conde Duque de Olivares), Carlos IV tiene un ministro con las mismas ambiciones: Manuel Godoy y Alvarez de Faria.
Por último, si Felipe es padre de un rey enfermizo, Carlos II "el hechizado", Carlos IV lo es de Fernando VII. Sádico, incapaz y bastante peor dotado para ser rey, que el último de los Austrias.
Lo que parece increíble, es que Carlos III, que fue un buen rey, discreto, frugal, ilustado, que hizo bastantes cosas beneficiosas para su reino, como el reparto de las tierras comunales, la división de los latifundios y la colonización del campo, en particular en Sierra Morena. Que limitó los privilegios de la Mesta en beneficio de los agricultores, que favoreció la industrialización. Que creó el Banco de San Carlos, primera banca estatal. Que reformó la administración de la justicia y mediante las conocidas "ordenanzas" que promulgó, logró su proposito de convertir el ejército y la marina en verdaderas fuerzas armadas del Estado. Y, hasta la Lotería Nacional, es también otra creación de Carlos III.
Sin embargo hizo algo muy mal: ¿En que estaría pensando cuando engendró lo que a su muerte se llamó Carlos IV...?. Seguro que el alguna tontería.
Porque, Carlos IV, no tenía grandes aptitudes políticas, prefiriendo ocupar su tiempo en la caza o en la artesanía, (¿se diferencia en álgo del Felipe IV?) y deja manos libres a su valido Manuel Godoy para ocuparse de los asuntos de Estado. ¿os acordaís del Conde Duque de Olivares?. ¡Pues la historia se repite una vez más!
Y claro, Godoy, se aprovecha de ello en su beneficio, visitando asiduamente la cama de la reina. Suponiendo que haciendo de tripas corazón, por que hay que tener ganas de medrar para encamarse con esa cosa. Pero es que antes que él, pasa por la cámara real su hermano mayor Luis, y un número no precisado de oficiales y clase de tropa, amén de nobles más o menos encumbrados, a los que echa el ojo la María Luisa. Y el caso es que la María Luisa, no es un canon de belleza precisamente. Hacia 1789, el embajador ruso la describe así:
"estaba muy ajada por los partos ( diez hijos y cuatro abortos) y las enfermedades. Era de tez verdosa y casi sin dientes, que había reemplazado por piedras preciosas que la causan innumerables molestias en las comidas, que hace en solitario".
En cuanto a sus preferencias íntimas, parecen inclinadas al masoquismo, por el trato que recibía de sus amantes. El embajador francés de la época, relata que Godoy la trataba:
"como ningún soldado borracho se hubiera atrevido con una mujerzuela embriagada"
Mientras que otro de sus incontables amantes, un alto funcionario llamado Mallo, solía propinarla sus buenos puñetazos y patadas, dejándola encerrada en cierta ocasión en su dormitorio.
Y a todo ésto, la Maria Luisa, compitiendo con María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Alvarez de Toledo, la de Duquesa de Alba en joyas, vestidos, amantes...
Por supuesto que no podía haber comparación entre una y otra. La duquesa, mediante sus espías en París, era informada de los nuevos trajes adquiridos por la reina y hacia pasear a sus doncellas con trajes idénticos a los de la Maria Luisa, por el retiro o la calle de Alcalá. La María Luisa, se comia las uñas y álgo más de rabia, intentando rivalizar con ella pero no pudo.
Bueno, si pudo. Cayetana, murió extrañamente el 23 de julio de 1802 a la edad de 29 años (envenenada por Godoy y María Luisa decían en Madrid).
Pero claro no se pudo comprovar nada. Además, la Maria Luisa se vengó y a la muerte de la Cayetana, su palacio, el de Buenavista, que hoy es la sede del Cuartel General del Ejército, con sus grandes jardines se lo regalo a Godoy.
Se lo regaló, pero sin poner ella ni un real, porque había sido Madrid el que pagara, con fondos de su Ayuntamiento, quien se le ofreció como regalo regio, para tapar las bocas que ya apuntaban en esta maniobra a la reina.
Y es curioso comprobar otra coincidencia entre los reinados de Felipe IV y este de Carlos IV.
El reinado del Felipe, estuvo cubierto por la obra pictórica de un pintor español genial: el sevillano Diego Rodriguez de Silva y Velazquez.
Y el reinado de este otro "cuarto" por la de otro pintor no menos genial como fue Francisco de Goya y Lucientes, que tampoco había nacido en Madrid y que sin embargo es uno de los grandes pintores de nuestra villa y corte.
Reyes, nobles, majas, chisperos, el pueblo bajo... Todo aquel Madrid desfila, ampliamente representado, por los lienzos del genial pintor nacido en Fuendetodos. Lienzos que nos ofrecen un fiel testimonio de sucesos, personajes, costumbres, vestidos, gestos y caras del Madrid que le tocó vivir.
Lástima que estos dos genios de la pintura universal gastaran su tiempo, su talento, sus pinceles y sus pigmentos en pintar adefesios como éstos. Claro, que los pobres pintores tenían que comer que si no...
Y ¿como era Madrid entonces?. Pues a pesar de las reformas, edificios y monumentos levantados por Carlos III, Madrid seguía siendo una ciudad muy atrasada con respecto a otras ciudades de Europa.
Don Ramón de Mesonero Romanos, puntual cronista de Madrid, nos dice cómo era en el reinado del cuarto Carlos:
"Era indecoroso y repugnante, el aspecto que ofrecía a principios del siglo actual (se refiere al siglo XIX, que es cuando lo escribía) y en medio de la esplendorosa Corte y Monarquía. Su aspecto general, a pesar de las considerables, aunque parciales, reformas que había recibido de los tres monarcas anteriores, presentaba todavía el mismo aspecto, el mismo aire villanesco, de mediados del siglo anterior. Su alumbrado, su limpieza, su salubridad, su policía urbana, en fin, eran poco más que insignificantes. Su seguridad misma, comprometida a cada paso, hacía preciso a cada ciudadano salir de noche bien armado y dispuesto a sufrir un combate en cada esquina. Sus mercados, desprovistos de bastimentos y sólo abiertos en virtud de tasas y privilegios, a las clases más elevadas. Sus comunicaciones con las provincias poco menos que inaccesibles. Sus establecimientos de instrucción y de beneficencia, en el estado más deplorable; sus calles y paseos, yermos y cubiertos de yerba o de suciedad por la desidia de la autoridad y el abandono de la población. Y los cadáveres de ésta, sepultados en medio de ella, en las bóvedas o en las puertas de las iglesias, o exhumados de tiempo en tiempo en grandes mondas para ser conducidos al estercolero común"
Además, el ambiente internacional no era el más propicio para un reinado como el de Carlos IV dominado por la abulia y la ineptitud. La Revolución francesa había comenzado a echar abajo de su pedestal estatuas hasta entonces muy firmes y bien asentadas. Y las nuevas ideas no dejaron de tener su influencia en los políticos españoles. Más tarde, con el vuelo espectacular de las águilas napoleónicas. Nuestros gobernantes se dejaron fascinar para caer irremisiblemente en sus garras. Y así nos fue en el reinado de este rey abúlico e inepto.
Pero todavía será peor en el siguiente con su hijo, al que eufemísticamente fue llamado por el pueblo de Madrid "El deseado". Entre los dos, el papá y el hijo peleándose como dos niños por la corona, se las arreglaron para que hubiera en Madrid miles de muertos aquel 2 de Mayo de 1808. Para que nos entrase un rey intruso y el propiciar que los muertos cubrieran todo el territorio español en la Guerra de la Independencia.
¿Y que decir de Fernando VII?
Según las enciclopedias, era hijo de Carlos IV y María Luisa de Parma. Nació en El Escorial en 1784. Fue educado e influido por el canónigo Juan de Escoiquiz que ambicionaba el puesto que tenía Godoy y Fernando, fue inducido por el clérigo a intrigar contra sus padres y, sobre todo, contra el valido del rey y amante de la reina Manuel de Godoy.
La fuerte influencia del preceptor sobre el príncipe quedó un tanto mitigado tras el matrimonio de Fernando en 1802, con María Antonia de Nápoles, aunque a la muerte de ésta, cuatro años más tarde, Escoiquiz recuperó toda su influencia sobre Fernando.
Una vez que Fernando enviudó y bajo la influencia de Escoiquiz, se puso secretamente en contacto con Napoleón pidiéndole una princesa de su familia por esposa. La trama fue descubierta y dio lugar al proceso de El Escorial en octubre de 1807. El resultado:la humillación pública del príncipe, quien fue obligado a pedir perdón a sus padres en 1808. Cosa, que como buen rencoroso que era, no les perdonó jamás
Pero pocos reyes de la Historia española han provocado sentimientos tan enfrentados en la población como este rey. Su odio a Godoy le llevaría a convertirse en el líder del partido opositor al valido por lo que fue uno de los promotores del Motín de Aranjuez, sólo dos meses más tarde en marzo de 1808. El motín consiguió arrancar la abdicación de Carlos IV y el nombramiento del príncipe como monarca en medio del entusiasmo popular con el nombre de Fernando VII en un:
Por esas mismas fechas, el ejército de Napoleón penetraba en España, y el rey marchó confiado al encuentro con el emperador en Bayona, acompañado de Escoiquiz, su hermano Carlos y su tío Antonio, entre otros.
Una vez allí, Napoleón obligó a Fernando a restituir la Corona a Carlos IV, quien a su vez "generosamente" la cedió a José Bonaparte, mientras Fernando y sus allegados quedaban " invitados, según ellos," en el palacio de Valençay.
Mientras tanto en Madrid, el ambiente es muy hostil hacia las fuerzas francesas que ya ocupaban buena parte de España y en una atmósfera cargada de inquietudes, llegamos al glorioso día del 2 de mayo de 1808.
Desde bien temprano se congregó la multitud ante el Palacio Real. Al subir al coche para conducirlo a Francia al infantito Francisco de Paula.
Que dicho sea de paso, varios estudiosos le han encontrado un enorme parecido con Godoy. ¿Es que puede extrañarnos esto, sabiendo el contubernio y el fornicio entre la Maria Luisa y el Manolito Godoy...? Lo mismo sucedía con la infanta Isabel futura reina de Nápoles, cuya suegra se referirá a ella como:
"...pequeña bastarda epiléptica procreada por el crimen y la maldad"
El caso es que el niño iba llorando y aunque el pueblo de Madrid conocía todo el amancebamiento de los dos mencionados, el crío, no dejaba de ser oficialmente un infante de España y alguien lanzó aquel histórico grito "¡que nos lo llevan!" y al momento, hombres y mujeres, rodean las carrozas tratando de impedir el viaje. Las fuerzas del invasor disparan y la sangre de los primeros mártires de la Independencia española, abre una página gloriosa, grabada a sangre y fuego, en el libro de la historia de Madrid. Este suceso, por lo grave, doloroso y tan glorioso para el pueblo madrileño, y en el fondo, tan ajeno a quienes lo provocaron con su estupidez, conviene recordarle seriamente en palabras de un gran historiador de Madrid: Don Pedro Montoliu.
Mientras esto sucede, Napoleón convoca un simulacro de Cortes españolas en Bayona. Reunidas el 15 de junio, redactan una Constitución y proclaman Rey de España a José Bonaparte que llega a Madrid el 20 de julio. Poco después, escribe a su hermano:
"No me asusta mi posición, pero es única en la historia; no tengo aquí un solo partidario".
En efecto, el pueblo español no deja de manifestar su odio hacia el hermano de Napoleón que a su pesar, reina en España con el nombre de JOSE I , y que para nosotros, fue siempre: "El rey intruso"
Durante la guerra de la Independencia, el Consejo de Regencia, reunió Cortes en Cádiz y se declaró "único y legítimo rey de la nación española a don Fernando VII de Borbón", así como nula y sin efecto la cesión de la Corona a favor de Napoleón. El 19 de marzo de 1812 se proclamó la nueva Constitución "La Pepa" en la que habían prevalecido las ideas de oradores y políticos liberales.
Algunos de aquellos diputados han pasado a la historia por sus dotes oratorias o por su labor política: el conde Toreno, Argüelles, Muñoz Torrero.
Tal vez éste haya sido el motivo por el que tanto a la Constitución como a las Cortes se las considerara, según el momento político, como una obra nefasta o como una magnífica renovación. Las Cortes de Cádiz rompían las más viejas instituciones españolas, los privilegios de la nobleza y acababan con la Inquisición
En 1813, Napoleón firmó la paz con Fernando VII y lo dejó en libertad. De regreso en España, con el apoyo del general Elío y un grupo de diputados absolutistas, autores del «Manifiesto de los Persas», Fernando VII derogó la Constitución, restauró el absolutismo e inició una implacable represión de los liberales. En 1814, Fernando VII regresó a España y comienza su:
SEGUNDO PERIODO
Comenzó entonces la «década ominosa», caracterizada por la sangrienta persecución de los liberales. Restableció la Inquisición, abolió las decisiones de las Cortes de Cádiz que habían proclamado la Constitución de 1812, la famosa “Pepa”. Clausuró las universidades, cerró los teatros y entidades culturales y abrió una era de feroces persecuciones.
El pueblo de Madrid, que anteriormente habían gritado alborozados: "Vivan las caenas! ¡Viva el rey Absoluto!", que desenganchaban los caballos del carruaje y ellos mismos, los madrileños, tiraban de la carroza del rey como muestra de total sumisión.
Ese mismo pueblo de Madrid, que un día proclamaba enardecido la Constitución y vitoreó hasta la exasperación a Don Rafael del Riego, ahora en 1824 asiste regocijado a su ejecución. Rafael del Riego, fue arrastrado por las calles de ese Madrid dentro de un serón tirado por un burro, desde la Cárcel de Corte, (lo que hoy es el Ministerio de Asuntos exteriores) hasta la Plaza de la Cebada. Allí fue ahorcado ante una muchedumbre que le había acompañado con insultos y vivas al rey absoluto. La sentencia firmada por éste rey pedía que su cuerpo fuese descuartizado y sus restos, repartidos por varias localidades de España. No se sabe si realmente fue ejecutada esta segunda parte de la sentencia.
Se ejecuta al guerrillero Juan Martín Díaz "El empecinado", que había sido anteriormente encerrado en una jaula de hierro y expuesta en una plaza pública para escarnio popular. Después ahorcado Torrijos con cincuenta de sus compañeros, Mariana Pineda y una larga lista de liberales.
En enero de 1820, Riego y otros oficiales se alzaron en Cabezas de San Juan al frente de las tropas destinadas a sofocar la rebelión americana y obligaron al rey a acatar la Constitución de 1812.
El monarca pidió ayuda a la Santa Alianza y ésta envió al duque de Angulema al frente de los Cien Mil Hijos de San Luis, que penetró en España y restituyó el absolutismo en 1823.
En 1828: Muere en Burdeos Francisco de Goya. (Este, parece ser que de muerte natural)
A Fernando VII, el rey que había sido bufón de Napoleón, que había causado tantos males a España y sobre todo a Madrid. Pues el pueblo de Madrid, no se sabe porqué, le seguia queriendo aunque le llamaban "Narizotas" y "Cara de pastel" ¿por qué sería?
El caso es que con esa cara y con ese cuerpo, se casó cuatro veces y se quedó tres veces viudo, ¿Que les haría a sus esposas?
En 1802 contrajo matrimonio con María Antonia de Nápoles, que lloró de desesperación al verle por primera vez. Su madre, describía a Fernando como "de horrible aspecto", aludiendo a su gordura (llegó a pesar más de 100 kgs.), su voz aflautada y su carácter apático. Con el tiempo María Antonia le tomó afecto, pero la princesa falleció en 1806. No tuvo descendencia
Después de esta viudez, Fernando pensó casarse con alguna sobrina de Napoleón, suceso que ya hemos recordado anteriormente y que le salió bastante mal. Cuando recobró el poder absoluto, buscó esposa en Portugal y contrajo matrimonio an Isabel de Braganza. A los dos años se quedó viudo de nuevo. No tuvo descendencia.
En 1819 se casa de nuevo con Maria Josefa Amalia de Sajonia. A los diez años se quedó viudo de nuevo en 1829. No tuvo descendencia. ¿Es que las tres eran estériles? Muy raro parece ésto. El caso es que ésto, hacía más probable la situación de que la sucesión recaería en su hermano Carlos María Isidro.
Pues después de quedarse viudo por tercera vez, (ni Barba-Azul)en 1829 se casó con su sobrina carnal María Cristina de Borbón. Ella tenía 23 años y él 45. Por fín la reina se queda embarazada (¿de él...? porque ella tenía el ojo puesto en Francisco Muñoz con el que se casó nada más morirse el Fernando) El caso es que el rey tuvo dos hijas y no se sabe que sería peor... Porque comenzaron nuevos problemas.
Bueno, estas son las cuatro "victimas" que sopartaron al "cara de pastel"
Nuevos problemas por que desde Felipe V regía la Ley Sálica, que vetaba el reino a una mujer y él había tenido dos hijas. ¿Que hacer...?
Pues al año siguiente promulgó la Pragmática Sanción que derogaba la Ley Sálica y permitía el acceso de una mujer al trono español. De este modo, su hija Isabel se convirtió en heredera de la Corona y comenzaron las conspiraciones de Carlos María Isidro y sus partidarios, apoyados por los sectores tradicionalistas y la Iglesia y que terminaron al poco tiempo, provocando las Guerras Carlistas.
Enfermo de gravedad el soberano en 1832, su esposa asumió la regencia. Fernando VII dejó al morir en 1833, una fortuna de 500 millones de reales a sus herederos. Pero también, legó al país las guerras carlistas que duraron siete años, un trono bamboleante a su hija Isabel II, y la perdida de la mayor parte de nuestras colonias de América.
En virtud del testamento otorgado por Fernando VII, se hizo cargo María Cristina de la regencia y tutoría de su hija primogénita Isabel II, que contaba a la sazón tan sólo tres años de edad. María Cristina ejerció la regencia durante siete años, hasta el 12 de octubre de 1840 en que se vio obligada a renunciar a tan alta dignidad.
La sucesión del trono en la princesa Isabel provocó el estallido de la primera Guerra Carlista, conflicto en el que se dirimió la supervivencia del absolutismo (representado por el hijo de Carlos IV, el Infante Carlos María Isidro) o el triunfo de la monarquía constitucional.
Los liberales apoyaron los derechos de Isabel, ya que veían en su persona la posibilidad de una evolución constitucional de la monarquía española. La sangrienta contienda, después de más de seis años, tras el Acuerdo de Vergara, concluyó con la consolidación de Isabel II en el trono español.
Las cartas de Isabel II que se conservan en la Academia de la Historia de Madrid, dan muestra de una escasa cualidad intelectual, de su poco discernimiento y de su simpleza de espíritu. Tanto Isabel como su hermana María Fernanda recibieron una nefasta educación, en gran medida debido al descuido de su madre María Cristina.
En el año 1834, el primer año de reinado de Isabel II, con cuatro años de edad un hecho trágico conmocionó a Madrid.
Fue, entre estos barrios donde alguien, interesado en pescar en el río revuelto del motín, quien lanzó el rumor de que el cólera, era debido a que los frailes -considerados como partidarios del pretendiente Carlos María Isidro- habían envenenado las fuentes de aguas potables de la villa con unos polvos misteriosos.
No faltó quien de buena o mala fe, interesado en excitar los ánimos, o llevado de suspicacias absurdas, aseguró que había visto a un fraile arrojar a una fuente un papelillo de polvos blancos, que eran la causa del envenenamiento.
Las masas, excitadas por el peligro y por la muerte, asaltaron los conventos de San Isidro, San Francisco el grande, La Merced, Santo Tomás y varios más. Las escenas fueron terribles. Las navajas y los trabucos no respetaron, ni siquiera a los sacerdotes que oficiaban en los altares.
Cuantos frailes se hallaron en los conventos asaltados fueron, mas que muertos, destrozados. Imágenes rosas o quemadas y otros actos vandálicos dieron a la vez comienzo a una etapa de destrucción de nuestro rico tesoro artístico, que tanto ha padecido con estas violencias políticas.
Isabel II fue objeto de dos atentados. El primero en 1847, en la calle Alcalá, a manos del abogado y periodista Ángel de la Riva, que fue indultado después de un oscuro proceso. El segundo, en febrero de 1852, cuando el anciano sacerdote Martín Merino atacó a Isabel II con un cuchillo, hiriéndola de levedad, de resultas de lo cual fue ejecutado mediante garrote vil.
La vida de Isabel II puede dividirse en dos períodos: el primer período hasta 1868, fecha de su derrocamiento por la Revolución de septiembre; y la segunda época en el exilio, hasta su muerte en París el 9 de abril de 1904.
Casi sesenta gobiernos se sucedieron velozmente en el poder. Pueden distinguirse distintos períodos según la tendencia política que presidiera el gobierno:
Regencias (1833 - 1843), Década Moderada (1843 - 1854), Bienio Progresista (1854 - 1856), Gobierno de la Unión Liberal (1856 - 1868)
El último gobierno del reinado de Isabel II, estuvo presidido por el ultraconservador González Bravo, representando la reacción autoritaria que desencadenó la Revolución de 1868 y la crisis final de la monarquía.
Durante estos años las cuestiones internas de España no pueden ir peor, Guerra carlista, luchas políticas, algaradas y sublevaciones, cambios de Gobierno, hacen difícil la gestión de la regente, contribuyendo no poco su conducta privada a causa de la cual perdió la simpatía y popularidad. Los progresistas, que antes la idolatraban, dejaron de estimarla, y los carlistas hallaron tema en los ocultos amores de María Cristina con Fernando Muñoz para sus epigramas y comentarios.
En 1846 Isabell II casó con don Francisco de Asís de Borbón, duque de Cádiz y primo hermano de la reina. El matrimonio se concluyó durante el gobierno de Francisco Javier Istúriz Montero y tras largas conversaciones internacionales en las que no se tuvieran en cuenta las preferencias personales de la reina.
Don Francisco de Asís de Borbón fue impuesto como candidato neutral por las presiones de Francia e Inglaterra, que temían la ascensión al trono de un consorte extranjero que pudiera inclinar el fiel de la balanza de las relaciones internacionales españolas hacia una u otra potencia.
La elección no pudo ser menos afortunada, Don Francisco de Asís era homosexual, hecho que contrastaba con la escandalosa afición de Isabel II por los hombres, con sus once partos.
Desde el inicio de su matrimonio los esposos se profesaron mutuamente una antipatía insalvable que condujo a continuas separaciones. En distintas ocasiones hubieron de mediar entre la real pareja políticos cercanos a la reina, como Narváez, y las instancias eclesiásticas, incluidos el papa Pío IX y el confesor de la reina, el arzobispo Antonio María Claret.
La reina tuvo diversos amantes, entre ellos se encontraban el general Serrano(conocido como 'el general bonito'), el maestro Arrieta, los cantantes de ópera Mirall y Obregón, los cantantes de ópera Mirall y Obregón, el marqués de Bedmar, Miguel Tenorio y el comandante Puig Maltó.
Isabel y Francisco de Asís vivieron casi continuamente separados: el rey prefería el segoviano Palacio de Riofrío a la vecindad de su esposa en el Palacio Real de Madrid.
La ficción de la convivencia conyugal se esfumó definitivamente en el exilio. En Francia, don Francisco de Asís se instaló en Epinay, donde vivió hasta su muerte en 1902, retirado de la vida pública se dedicó a su afición de los libros y al coleccionismo de obras de arte.
El reinado de Isabel II no es uno de los más afortunados, acentuándose cada vez más las crisis políticas, las luchas intestinas y las guerras carlistas. Conocida con el sobrenombre de "la reina de los tristes destinos" fue verdaderamente el punto de tangencia de todos los males por los que ha pasado España en el aciago siglo XIX.
Desde la caída de Isabel II hasta la restauración borbónica encarnada en el joven rey Alfonso XII, transcurren breves años, de 1868 a 1874. Parece que en tan pequeño lapso de tiempo el dedo de la Historia apenas podría señalar hechos que merecieran el recuerdo de las generaciones futuras y, sin embargo, está tan lleno de vaivenes políticos, de luchas intestinas, de cambios gubernamentales, de personajes que suben como cangilones en la noria de la política, que es un periodo lleno de hechos, de figuras y de instituciones. Pues en apenas seis años que transcurren desde la caída de Isabel hasta el advenimiento de Alfonso XII, se constituye una regencia, nace una nueva dinastía monárquica (Saboya), se forma la primera república española; hay luchas cantonales, guerra contra los carlistas, levantamientos en Cuba, cuarteladas de los generales de turno y aún hay tiempo y gente para manifestar que se está o no de acuerdo con uno u otro partido.
En este periodo caracterizado por sus vaivenes, no hemos de pensar que la maldad o la insensatez sean el común denominador de políticos y militares. De ningún modo. Cada uno en su esfera estaba dotado de cualidades muy nobles, e intelectual y moralmente eran hombres a los que poco se les podía censurar. Pero los tiempos tienen sus características y sus lacras. La división y la confusión de lenguas era el patrimonio de todos los partidos. No había forma de que alguien intentara al menos comprender a su adversario, y ese mal, aplicado a la política o a la milicia, acarrea las mayores catástrofes a las naciones cuyos hijos se ven envueltos en la vorágine de tan tremenda confusión.
LA restauración de los Borbones en el trono de España era sin duda la solución lógica a una serie de cosas que no acababan de encontrar el cauce normal. Y seguramente que hubiera venido por sí misma, tal como creía Canovas del Castillo, si los acontecimientos ha hubieran precipitado lo que era inevitable. Por otra parte, los temores de que se malograra, por prematuro, el movimiento restaurador carecían de fundamento por cuanto las clases dirigentes comprendían su necesidad
El ejército se adelantó a un hecho que pedía la mayoría de la nación en su fuero interno y aprobó tan pronto como fue realidad, u El país -dice un autor moderno- destrozado, aniquilado por seis" años de lucha con la anarquía, anhelaba la paz, deseaba lograrla a cualquier precio, y, como única esperanza, volvió los ojos hacia el joven príncipe proclamado en la histórica ciudad, disponiendo en medio de su dolor odios y rencores, y olvidando que poco antes había arrojado violentamente del trono a la dinastía cuya vuelta celebraba ahora con tan férvido entusiasmo.
El edificio alzado por la Revolución se había desmoronado, La insensata hostilidad de las clases directoras contra un rey caballeroso y fiel cumplidor de sus deberes constitucionales, y las desventuras de una República, que no logró consolidarse, llevaban a la nación a aclamar con júbilo al representante de una dinastía expulsada del trono y del país por la voluntad nacional, unánime en execrarla Por fortuna quedaban las ideas esculpidas en la Constitución de 1869 que el nuevo monarca había de hacer suyas en gran parte, queriendo inaugurar con su reinado una era de paz, de libertad y de progreso; y si bien en algunos momentos asomó luego su negra faz la reacción, fue ésta circunstancial y transitoria, capaz de entorpecer, mas no de detener, la marcha progresiva iniciada ya en España"